
En la Inglaterra victoriana, se pone de moda las hadas, pero muy de moda. Adornan postales, publicaciones periódicas y, en ocasiones, dan lugar a leyendas y casi se podría decir que a sectas. Se convierte en una iconografía tan popular que da lugar a todo un género pictórico. No se trata de un género que haya dado grandes obras, pero sí algún artista interesante, como es el caso de John Anster Fitzgerald.
Se trata de uno de los pintores más representativos de la pintura de hadas. Su éxito no fué sólo a nivel popular, sino que obtuvo reconocimiento académico llegando a exponer en la Real Academia de las Artes británica. Y esto desde un aprendizaje autodidacta, que tal vez sea lo que le da a algunas de sus obras ese aire ingenuo y arcaizante que se aleja de las corrientes estilísticas de la época.
En sus cuadros encontramos reminiscencias de Füssli y del Bosco, al primero recuerdan las neblinas que envuelven las escenas difuminando las formas y al segundo la profusión de pequeñas figuras y la estética de los seres que pueblan sus obras.
El interés de Fitzgerald se centra más en el mundo de los sueños y alucinaciones que en mundos de fantasía. Cuando miramos una escena pintada por Fitzgerald, vemos un mundo irreal, pero no vemos un mundo imaginado, sino que vemos un mundo soñado. La causa probable de esto es que Fitzgeral fumaba opio y así lo hace constar en algunos de sus títulos (posteriormente cambiados por los coleccionistas por otros mas correctos políticamente).
Por supuesto, el uso de las drogas hace a Fitzgerald mucho más interesante. Sus cuadros no nos abren una ventana a la imaginación de un ilustrador de postales o relatos infantiles, sino que nos abren la ventana a las alucinaciones de un fumador de opio.
Fitzgerald no se limita a pintar hadas, sino que también hacen acto de presencia diablillos y otros seres extraños así como soñadores en torno a los cuales se entreteje ese mundo de seres fantásticos que los sueños del opio crean.
No sé si los surrealistas conocían la obra de Fitzgerald, pero, desde luego, de conocerlo les habría encantado.



























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